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El invierno y los cambios en la alimentación

Durante los meses más fríos del año hay una tendencia a alterar las dietas, teniendo al consumo de comidas más calóricas, de mayor contenido graso y que generan una posibilidad de aumento de peso

'Invierno, invierno, frío en la nariz', reza una frase de una canción infantil que tal vez hasta el día de hoy se escuchar en los jardines. Las campanas de una estación tan querida como odiada ya se pueden sentir y hay quienes se preocupan porque implica alteraciones en la forma de alimentarse. En esta nota te damos algunos tips para que no te congeles y aprendas a mantener dieta saludable. 

Si la temporada invernal es sinónimo de subir de peso, se puede deber a dos razones que son perfectamente combatibles. El frío nos hace más sedentarios -por lo tanto hay que moverse- y los alimentos tiene cargas más calóricas -también se revierte con un poco de ingenio-.

Un error común es reemplazar las frutas del verano, por los alfajores y chocolates. Un plan que suena ideal para las noches heladas en la cama. Pero que no hacen más que cargar el estómago. Tampoco deben obviarse las ensaladas con vegetales crudos, puesto que son los que aportan vitaminas y minerales para mantener las defensas alta. Así que ya sabés, si estás resfriado, probablemente tengas que amigarte otra vez con la lechuga y el tomate.

Siempre optar por las sopas caseras, en lugar de las deshidratas. Y no olvidar que las infusiones -café, té, mate- son buen alivio para el frío, pero no hidratan como el agua. Son bebidas diuréticas que también obligan a la expulsión de líquido.

Otros consumos que no deberían reducirse en invierno son los de Vitamina A y Vitamina D. La primera de ellas protege piel y labios de las bajas temperaturas, y se halla en leche, yogurt, huevo, verduras de hojas, zanahoria y calabaza. La restante se puede incoporar a través de la ingesta de pescado.

Lo último, pero no menos importante. La cena no debe ser el paso previo a la cama. Hay que darle un buen espacio al organismo para que haga la digestión. La última comida del día debe realizarse unas dos horas antes del descanso nocturno.

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