Cada vez son más comunes los hechos de furia desmedida en los terrenos de juegos. Sin ir más lejos, el fin de semana anterior se suspendieron dos encuentros ligueros. Uno de Primera División y otro de Divisiones Inferiores. En este último, un adolescente agredió a un juez de línea. Parece sensato parar la pelota y explicar que la enseñanza tiene que comenzar desde la base.

La historia de Jorge Torres, ex árbitro de la LCF, bien puede servir de ejemplo. Abandonó la práctica del deporte a los 20 años y jamás imaginó que volvería para ser juez. Eso más bien fue un giro del destino por un llamado que le hizo José Pollini, por entonces instructor local. “Me vieron dirigiendo a niños, entre los cuales estaba mi hijo, y se comunicaron conmigo. Después de eso pasé 35 años como árbitro”, soltó en su relato.

“A pesar de que me vestía de negro siempre intenté enseñarles a los jugadores. No se me cruzaba por la cabeza tratarlos mal. Incluso después de los partidos tenía charlas con los padres”, comentó Torres. Su especialidad siempre fueron los encuentros de los más pequeños, incluso tuvo que lidiar con ambientes caldeados como los clásicos de Pujato.

Siempre tuvo mano para resolver acciones que no todos saben tratar. En una oportunidad dialogó con un padre que le pedía a su hijo que agrediera a los rivales. La vergüenza del hombre fue tal, que al finalizar el encuentro le pidió disculpas. También es valorable su participación en parte humanitaria, como el día que retrasó un partido porque un arquerito estaba llorando. Inmediatamente, Torres advirtió que tenía hambre. “Esa vez se partió el hambre”, admitió.

Para finalizar, el reconocido juez dejó una reflexión para los mayores, pidió por la compañía permanente y enfatizó: “Tienen que ir contentos a la cancha. No hay nada más lindo que ver jugar a un hijo. Y que tengan cuidado con lo que le dicen, incluso puertas adentro”.