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Brexit forever

El proceso de desconección británica de la Unión Europea se dilata, amenaza con volverse crónico y profundiza la imprevisibilidad.

Boris Johnson demostró ser muy hábil para transitar el camino angosto que lo llevó a la cima del poder en el Reino Unido. Pero muy distinto es conservar y aumentar ese poder. La historia reciente de su ascenso político está indisolublemente ligada al conflicto desatado por el Brexit, el proceso mediante el cual el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea (UE). Pero las dificultades que el primer ministro encuentra para gobernar en sus propios términos, también están ligadas al Brexit.

Johnson fue uno de los principales impulsores del Brexit y utilizó noticias falsas o fake news para abonar su posición de que el bloque europeo era, en el mejor de los casos, un lastre para el pueblo británico, y en el peor, la fuente de todos sus males. Una vez que el referéndum determinó la victoria de los brexiters y demolió al gobierno de su jefe del Partido Conservador, David Cameron, sostuvo la postura más extremista entre sus correligionarios. Frente a la alternativa de un Brexit acordado y ordenado propuesta por Theresa May, Johnson avaló desde el comienzo una salida dura, sin condicionamientos de ninguna naturaleza por parte de la UE. Esa postura inflexible fue la que le impidió a May alcanzar el respaldo parlamentario para el preacuerdo que había logrado establecer con el bloque continental. Tras cuatro votaciones adversas, May dimitió, y los conservadores le dieron a Johnson el gobierno mediante una elección interna.

La actual fragmentación del parlamento no es más que un reflejo de la fragmentación de los británicos frente al Brexit. Hay -a grandes rasgos- dos divisiones. Una entre quienes apoyan la salida y quienes desean permanecer en el bloque comunitario. La otra es entre los propios brexiters, divididos entre quienes impulsan una salida ordenada, pautada y que no represente un conflicto aunque tuvieran que tolerar el cumplimiento de normas y compromisos asumidos con la UE, y aquellos que -como Johnson- impulsan una ruptura total y sin miramientos que sin dudas sería traumática pero que ofrecería un margen de maniobra más amplio al gobierno británico.

Cabe aclarar que al hablar de conflicto y de trauma, la referencia está puesta sobre el pueblo británico, que debería afrontar un mercado europeo cerrado en un contexto económico global hostil producto de la guerra comercial entre China y los Estados Unidos. La división política, social y hasta cultural que atraviesa a los británicos, está haciendo cada vez más difícil la convivencia, fracturando familias y amistades.

Ruleta rusa

Johnson tiene el perfil político de un ludópata. De uno al que le gustan los juegos extremos como la ruleta rusa, donde no solamente se juega para ganar, sino que se lo hace para matar o morir. De eso se trató su última apuesta política. Apeló a una medida que, si bien es legal, contradice la tradición y la cultura política británica. Solicitó a la Reina Isabel II la suspensión del Parlamento por cinco semanas, el tiempo necesario para impedir que los legisladores pudieran sesionar y para evitar entonces que pudieran bloquear un Brexit duro, teniendo en cuenta que la fecha límite otorgada por la UE es el 31 de octubre. Supuso quizás que esa resultaría una salida cómoda para los parlamentarios, que de ese modo diluirían su responsabilidad en la concreción de una salida sin acuerdo.

Pero los indóciles parlamentarios británicos redoblaron la apuesta del primer ministro. En una sesión signada por cambios de lealtades y hasta de filiación partidaria, los legisladores le arrebataron a Johnson la potestad de fijar la agenda parlamentaria. El paso siguiente, sería tomar la conducción del proceso y proponer a la UE una prórroga del plazo para hacer efectiva la desconección hasta el 31 de enero de 2020, de manera tal de ganar más tiempo para negociar una salida acordada. De otorgarse, esa segunda prórroga supondría un revés político casi definitivo para Johnson y, al mismo tiempo, una prolongación del martirio de la incertidumbre que produce el Brexit.

Ante ese panorama, el primer ministro reclamó una salida electoral, es decir, al no acordar el poder Ejecutivo con el poder Legislativo, poner la decisión en manos de los votantes. Pero sucede que para que esa propuesta tenga éxito, debería contar con el respaldo de dos tercios de la Cámara de los Comunes, mayoría especial con la que Johnson claramente no cuenta.

Pero hay algo más. Existe en la dirigencia política británica la sospecha y el temor de que el sufragio popular podría darle sorpresas inesperadas, como sucedió justamente con el referéndum del Brexit en 2016. El desgaste que acusan los partidos políticos tradicionales es grande y podrían ganar protagonismo expresiones antisistema como el Partido del Brexit, de Nigel Farage, con un perfil xenófobo, euroescépctico y de extrema derecha.

También existe inquietud en un sector importante del electorado ante un eventual ascenso del líder político del tradicional partido Laborista. Jeremy Corbyn no despertaría grandes pasiones en un país como Argentina. Rápidamente se lo encasillaría bien en el centroderecha o en el centroizquierda, pero sin dudas, un sindicalista con un pensamiento socialdemócrata no preocuparía a nadie. En el Reino Unido representa para algunos la reencarnación misma de Ernesto Che Guevara. Al que sí interesaría un eventual gobierno de Corbyn es justamente al gobierno argentino -se trate de Mauricio Macri o de Alberto Fernández- dado que se trata de uno de los poquísimos políticos británicos que ha demostrado disposición a entablar conversaciones en torno a las Islas Malvinas.

Consecuencias

Para Johnson ya hay consecuencias familiares. Su hermano Joseph presentó su renuncia como Secretario de Estado para la Ciencia y las Universidades y como parlamentario, dividido entre la lealtad familiar y el interés nacional. El hermano del primer ministro está convencido de que el Reino Unido debe permanecer en la UE.

Para los británicos, la grieta provocada por el Brexit amenaza con convertirse en un fenómeno sin retorno. Especialmente con un Brexit crónico que supone una herida constantemente abierta. En el mejor de los casos, el recelo entre quienes apoyan la salida y quienes apoyan la permanencia en la UE perdurará en estado latente. En el peor de los casos, el enfrentamiento se hará manifiesto y amenaza con terminar incluso con la integridad misma del Reino Unido. La frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda podría volver a su pasado hostil. El gobierno escocés evalúa otra vez la posibilidad de independizarse para permanecer en la UE.

Aún ante ese panorama preocupante, Boris Johnson anhela una rápida salida electoral en la esperanza de revalidar su cargo en las urnas. Todavía puede haber elecciones antes del 31 de octubre. Los parlamentarios se comprometieron a avalar la convocatoria a elecciones si lograban primero sancionar una ley que impida expresamente el Brexit sin acuerdo. En ese caso, si se celebraran elecciones a mediados de octubre y se conformara una nueva mayoría parlamentaria contraria al acuerdo con la UE, el drama volvería a comenzar. ¿Habrá un Brexit para siempre?

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